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En recuerdo de José Antonio Corrales

agosto 9, 2010

José Antonio Corrales jamás usó el ordenador. Seguía empleando el tecnígrafo en mesas de dibujo abatibles 90º donde controlaba todo el proceso de concreción de la idea al dibujo en ágiles y precisos trazos. Y lo seguía haciendo desde su viejo estudio de la calle Bretón de los Herreros, “la calle de los arquitectos”, el mismo donde en 1952 inició su proyecto dilatado y continuo, una trayectoria lineal alejada de adscripciones a tendencias o estilos pero siempre teñida de compromiso con la modernidad. Desde aquel semisótano hizo proyectos en solitario, muchos con Ramón Vázquez Molezún, algunos con Carvajal, García de Paredes y De la Sota.

 

Conocí a José Antonio Corrales en junio de 1997 cuando lo invité a impartir una conferencia en el Colegio de Arquitectos de Granada. Al reclamarle que me diese el título de su charla esperando una respuesta ingeniosa, me comentó, lacónico: “Pues cómo quieres que se titule, Corrales y Molezún”. Y así era su arquitectura, sin concesiones gratuitas, auténtica, surgía con mágica naturalidad de la consideración de todos los condicionantes para producir espacios profundamente humanos, discretos, dispuestos a ser usados antes que a ser admirados. Años después le solicité un texto que acompañase un libro que preparé aglutinando toda la obra granadina de García de Paredes. Con precisa diligencia, envió el texto que adjunto como archivo y que acaba con un emotivo recuerdo a su amigo, fallecido en 1990.

A Corrales debemos el rescate definitivo de la modernidad en 1958 con el Pabellón de España de la Expo de Bruselas. Modular, azaroso, funcionalista, moderno, aquel juego de hexágonos que identificaba espacio y estructura  consiguió fusionar los ideales orgánicos con los principios del Movimiento Moderno, aglutinando las dos tendencias sin renunciar a ninguna.

José Antonio Corrales murió el pasado 25 de julio. Hoy, las nuevas tecnologías nos pueden permitir viajar en pocos minutos del escultórico racionalismo del Hotel Galúa en La Manga a los rítmicos hastiales del Parador de Sotogrande, de los reflejos de aluminio de Bankunión a la culta contemporaneidad de su propia casa en Aravaca, de los contundentes patios de la casa Huarte a la contenida discreción de la casa de Camilo José Cela en Mallorca. Pero desde el recuerdo emocionado a Corrales, los que ya hemos incorporado las nuevas tecnologías a nuestra rutina diaria que nos reuniremos en septiembre en Motril, procuraremos no aplazar demasiado en el tiempo la experimentación directa de sus texturas o la interiorización emocionada de sus espacios, señalando así la deuda permanente de la modernidad con una obra íntegra y leal a sí misma.

Ricardo Hernández Soriano.

 

PD: Descárgate Carta José Antonio Corrales

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